30 de julio de 2014

Crónica del Hellfest 2014 - Día 1, Clisson (Francia), 20, 21 y 22 de junio

https://www.flickr.com/photos/unlimitedrockmagazine/

Llegamos a Clisson tras un largo viaje y la entrada de uno de los festivales más importantes de Europa como es el Hellfest ya preavisaba de lo que nos esperaba en el recinto, con una gran escultura en forma de guitarra en la rotonda próxima al mismo, y unas grandes letras metalizadas con el nombre y el logo del festival en el camino hacia él.


Entramos y fueron discurriendo las fantásticas edificaciones y facilidades que nos habían sido preparadas este año, con un sinfín de novedades respecto a los pretéritos: dos grandes naves de metal configuraban el Extreme Market, en  cuyo interior era posible encontrar todo con lo que un metalhead puede fantasear; un mercadillo que aludió en mi conciencia a Candem, con su tienda de Dr Marten's oficial (idéntica a la del “rastro londinense, con su bota gigantesca fundida con la fachada) y diversos puestos de ropa y accesorios;  las impolutas consignas, situadas al lado del puesto de recarga gratis para teléfonos móviles; el merchandising, que divídase, por así decirlo, entre el no-oficial de los tendederos situados al lado del camping, y el oficial, situado en robustos stands de metal localizados a la derecha de los mainstage (muy revelador, ¿no?). Por supuesto, casi que sobra hacer una alusión a los bares, los comedores, y la zona de restauración, donde podías hacerte con toda la comida o bebida que se te antojara (o que te permitiese el bolsillo) a un precio no demasiado desconsiderado. Un rótulo grande en el que se leía “H2O” señalaba el lugar en el que uno podía darse una ducha o rellenar su botella de agua, y al lado se levantaba una especie de garito aparentemente ambulante en el que estaba inscrita la sentencia “Hellfest Cult: for members only”, dando a entender que estaba reservado para la gente que hubiese decidido invertir en ese extra de comodidad y juerga. Aparte de unos pocos quads que pasaban zumbando de aquí para allá, de los seguratas en lomos de caballos y de la indecible cantidad de borrachos que pululaban por doquier, poco más se podría decir sobre la zona del camping aparte de que era inmensa y de que el número de baños, ya con el primer oteo de recién llegada, parecía insuficiente (como efectivamente lo fue). Por lo demás, un servidor estaba ya cansado y se fue a dormir pensando en la tralla del día siguiente.

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Después del desayuno tocaba ver a los nuestros: Angelus Apatrida actuaban en el mainstage 2 y no era menester perdérselos. Su directo fue breve (apenas media hora), y el setlist que desplegaron aunó temas de todos los discos, desde clásicos como “Give 'Em War” hasta otros más recientes como el single de su último disco, “You Are Next”. El público, como era de esperar, estaba todavía frío, aunque eso no impidió a los de Albacete dar bastante cera sobre el escenario, con los acostumbrados solos bien colocados del Davish, los chillidos de Guillermo Izquierdo y la contundencia de la base rítmica del dúo bajo-batería cumpliendo con su papel. Un directo a la altura del escenario principal a las once de la mañana, cuando el sol empezaba a calentar y las gentes comenzaban a salir de la zona de acampada para ver qué se cocía; aún así, faltó movimiento por parte de los thrashers españoles, defecto que no contribuyó a mejorar la inactividad del público precisamente.

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Justo después, en el Altar (así se llamaba el escenario predominantemente deathmetalero) les tocaba el turno a Weekend Nachos, un grupo de powerviolence poco conocido pero fielmente apoyado por los fans, hecho que quedó obviado por la cálida respuesta que tuvieron en relación con la escasa gente para la que tocaron. Riffs raspantes y neuróticos mezclados con una potencia lenta y pesada característica de esa influencia del sludge que se dejaba captar a pesar del sonido indefinido que este grupo tiene por excelencia en directo. El baterista, con sus líneas cambiantes y a ratos vertiginosas, contrastaba en su maestría con la pequeñez de su instrumento, cosa que llamaba la atención. El cantante contaba con un estilo que recordaría al grindcore a cualquiera, y su puesta en escena se caracterizó por las típicas “poses de poder” fusionadas con un aire relajado y un caminar tranquilo, a pesar de los espectaculares berridos a pleno pulmón que metía a lo largo de los temas. Por el resto, el estilo fresco y el manejo instrumental me convenció: un grupo recomendable para aquellos amantes de los géneros aludidos.

Tocaba ahora ir a la carpa del Valley para ver a Conan, cuyo nombre ya daba a entender que sería uno de los grupos de doom más duros y pesados del festival. Quienes no hayan visto a este grupo, indiferente es el hecho de que sean más o menos afines a la etiqueta del estilo musical bajo el que se catalogan estos músicos de Liverpool ante la certeza de pasar el concierto moviendo la cabeza hipnóticamente al son de sus patrones graves y violentos. Una de las cosas que más me llamó la atención, además del vestuario encapuchado que llevaban todos los miembros del grupo sin importarles el terrible calor que empezaba a hacer, fue la disparidad entre la genial simplicidad los riffs en los que abundaban la cuerda grave al aire, la voz gritada desgarrada y espontáneamente por el asimismo guitarrista entre los potentes ritmos de guitarra y bajo, y la maestría con la que el baterista conectaba los compases del downtempo que lideraba un tema tras otro con sus ingeniosos redobles de closed roll de ride y splash que utilizaba asiduamente. Realmente un conciertazo que disfrutaron todos los presentes.

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Los siguientes en el programa eran los franceses Kronos, un grupo de brutal death metal que no dio tregua a lo largo de todo su directo, manteniendo sin tapujos su rítmica supersónica. El portador de las baquetas, con el pelo engominado hacia atrás y esbozando rostros de gran concentración y desgaste físico, se encargó de la lluvia de blast beats que asoló el Altar a un tempo vertiginoso desde la primera canción hasta la última, sin escatimar en cadencias de doble bombo tremolizado, redobles rápidos cual disparos y complejos polirritmos que enamoraban los oídos. No menos virtuosismo desprendían los guitarristas y el bajista, cuya dureza de la batería acompañaban con melodías violentas y frecuentemente armonizadas, y solos altamente técnicos y plagados de sweep picking y tapping que fueron ejecutados con la limpieza propia del sonido de estudio. La voz, que alternaba entre agudos chillidos y guturales de ultratumba, se integraba perfectamente dentro de la brutalidad de la banda. Tralla sin concesiones, vaya.

Ya era hora de volver al mainstage a ver qué se cocía: nada menos que los Fueled By Fire, el grupo que desde 2002 no ha dejado de subir estamentos de reconocimiento dentro de la nueva ola del thrash que clama por una vuelta a los clásicos como Slayer y Exodus así como repudia todo lo posser en cuanto se encarga de infectar a la verdadera escena. Dejando de lado de esta última perspectiva un tanto polémica que impregna una gran parte de las letras de esta banda, lo cierto es que, musicalmente, Fueled By Fire han conseguido fusionar en estos doce años, en una violenta mezcla, tanto la brutalidad y rapidez como las armonías y melodías características del thrash. Sobre el escenario son capaces de dar cuenta de esta mezcla a lo old school, con un gran manejo de los instrumentos proyectado desde los veloces redobles de batería, que poco tienen que envidiar a los del death metal, hasta los rápidos solos y las frenéticas contrapúas de los ritmos de guitarra y bajo, todo ello acompañado de la voz aguda y rasgada tan familiar en este género.

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Un rato después se desenvolvían sobre el mismo escenario Toxic Holocaust, pertenecientes también a la ola del thrash-revival pero de una manera diferente, pues todo aquel que les haya escuchado sabe las claras influencias del punk y del hardcore sobre la música que lleva a cabo este grupo, tangible en temas como “666” o su reciente single “Awaken the Serpent”. Su frontman, guitarrista y cantante Joel Grind conforma una extraño revoltijo de estilos: un vestuario que recuerda más a la moda del glam metal ochentero, una voz grave y desgarrada entre blacker y punkie, y un guitarreo que divaga entre riffs de speed metal y de crossover thrash. Sin duda es este revuelto de ideas tan conseguido, respaldado por una buena base rítmica de batería y bajo, el que ha hecho que unos estilos musicales tan clásicos como los que hace revivir este grupo hayan tenido la respuesta como la que reúne el extenso público de Toxic Holocaust. El directo, cargado de skank beats y, en una palabra, de velocidad gratuita, les quedó redondo, sin dejar de lado algún que otro tema más lento, como su “I Am Disease”, contribuyendo a matizar un concierto cargado de furia que finalizó con “Nuke the Cross”, una de sus canciones más conocidas.

Más tarde, otra vez en el Valley salían a escena Kadavar, un trío alemán con un estilo que podrías clasificar como predominantemente stoner, aunque sin faltar en él elementos del más puro rock setentero a lo Led Zeppelin. Lo cierto es que las tablas con las que contó este grupo en directo eran de lo mejor que se pudo ver en todo el Hellfest, y el sonido que consiguieron sacar de su equipo fue realmente inmejorable: se puede decir con toda libertad que superaron con creces su sonido de estudio. El batería, por empezar con alguno, segregaba musicalidad por cada uno de sus poros; bien porque irradiaba una absoluta desenvoltura rítmica cuando, por ejemplo, realizaba un patrón binario mientras su cabeza se movía siguiendo una subdivisión ternaria; bien porque sus breaks estaban insuperablemente colocados en una precisión y una simplicidad ingeniosamente calculadas. El guitarrista y vocalista, sumergido en un mar de punteos de pentatónica y psicodélicas reverberaciones de su aguda voz, se encontraba perfectamente cubierto por el bajista, el cual más bien parecía una segunda guitarra, armonizándose y entretejiéndose (y a veces incluso superponiéndose) a los rasgueos del primero. Valga la osadía, diré que valió la pena perderse a Death Angel por ver a estos barbudos y melenudos germanos.

Cinco minutos después de Kadavar comenzaba el show de Rob Zombie en el mainstage, el cual había sido adornado con paneles y carteles de personajes clásicos de terror como el monstruo de Frankestein o el conde Drácula. En efecto, Rob Zombie, cantante, escritor y director de películas de serie b, es conocido por su obsesión con la temática del gore, el suspense y el horror, y en su directo en este Hellfest 2014 no faltó una ambientación de esta índole. Huelga decir que, a pesar de la calidad de sus canciones, Rob Zombie nunca ha sido un buen cantante para directo en cuanto a la entonación y a la potencia se refiere, y los años, que no han pasado en balde desde el comienzo de su trayectoria musical con su grupo White Zombie (del cual tocó “Thunderkiss '65”, tras el cual dio fin al concierto), no han contribuido precisamente a mejorar este defecto suyo. Esta carencia fue positivamente saldada con los solos de batería y de guitarra; y es que el hecho de tener músicos como el famoso John 5 participando en la banda es un gran punto a favor. De todas maneras, la base musical que acompaña las líneas vocales y que tan crucial resulta en los temas de Zombie la encontré demasiado baja de volumen para mi gusto, hasta el punto de que parecía un susurro bajo la jadeante y desafinada voz de Rob que a duras penas se abría paso por las letras de temas como “Living Dead Girl”, “Dragula” o sus recientes “Dead City Radio and The New Gods of Supertown” o “Teenage Nosferatu Pussy” (parece que últimamente le ha dado por alargar hasta el infinito los títulos).

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En el segundo escenario mainstage actuaron, pocos minutos después, los legendarios Sepultura. Hay quien dice que sin los fundadores, los hermanos Cavalera, el grupo no vale un céntimo; cabe afirmar que hay que ser muy purista (por no decir estrecho de mente) para seguir diciendo lo mismo después de haber visto una actuación de estos monstruos con la formación actual. De hecho, el gigante de ébano que es Derrick Green realizó un gran trabajo con sus potentes gritos, haciendo justicia a los grandes clásicos de la banda como “Propaganda” (antes del cual realizó un enardecido discurso en contra de los falsos rumores, habladurías y de “those who talk shit” que transmitió la sensación de estar en un frente de batalla ante las tropas enemigas), “Refuse/Resist”, “Arise” o “Ratamahatta”, y demostrando ser un frontman a la altura de un grupo con tantos álbumes a sus espaldas. También hubo lugar en el setlist para canciones de sus discos más frescos como “Kairos”, de homónimo disco, o “Impending Doom, de su último trabajo titulado The Mediator Between the Head and the Hands Must Be the Heart. Terminó el concierto con su archiconocida “Roots Bloody Root”; dada la reacción que desencadenó entre el público, atravesado ya de pogos y del polvo que de ellos se elevaba hasta el cielo, no se yerra al decir que fue la decisión acertada para finiquitar el bolo.

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De vuelta al primer escenario del mainstage, les tocaba coger el relevo a Iron Maiden. Un grupo como éste, considerado como uno de los pioneros, renombrado hasta la saciedad y amado por tantísimos fans, tiene un listón muy elevado que satisfacer para con estos últimos en vistas de su popularidad y su actualidad (a pesar de sus más de treinta años de trayectoria), y lo llamativo de los de la doncella de hierro es la facilidad con la que cumplen dichas expectativas. Para empezar, el vocalista Bruce Dickinson clavó el concierto de un extremo a otro, exceptuando algún que otro tembleque de voz sin importancia (como en el agudo de “The Evil Than Men Do”) o algunas extralimitaciones provocadas, probablemente, por cierto afán de protagonismo suyo; deficiencias, por lo demás, insignificantes. Destacó también, además de su conocida teatralidad a la hora de moverse por el escenario, su sobresaliente dominio del francés, que añadió un extra de carisma y comunicabilidad al ya exaltadísimo gentío. La ejecución de los temas era inobjetablemente limpia y el sonido, imponderable. De entre el resto de músicos, se distinguieron por sus incansables movimientos, el bajista Steve Harris y el guitarrista más reciente de la banda (aunque no por ello el más joven) Janick Gers, los cuales solamente con sus aspavientos, piruetas y malabarismos instrumentales (para los cuales era reconocible una forma física envidiable para cualquier edad) conformaban todo un espectáculo. Además, el setlist estuvo repleto de grandes reliquias de la banda como “Moonchild”, con la cual dieron comienzo al concierto, o “Sanctuary”, de su primer disco, con la que cerraron el show.

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Sin movernos todavía del escenario principal apareció Slayer sobre el escenario. He de decir que todavía no había visto un directo de este grupo tras la trágica muerte de Jeff Hanneman, y confieso que, dejando de lado el drama que supuso esta pérdida de una insignia del thrash metal como lo era el mencionado músico, mi persona ardía en ganas de ver, en su lugar, al reputado Gary Holt. Y es que será cuestión de gustos, pero es que este guitarrista cuenta con una de las mejores combinaciones de técnica y sentimiento en cuanto a solos y composiciones de thrash se refiere. En efecto, la musicalidad y virtuosismo de este hombre corriendo sin esfuerzo, solo tras solo (recordemos que Jeff era el responsable de casi todos los solos de la banda antes de su fallecimiento), mezclados con la viciosa locura y disonancias de los cromáticos punteos y chillidos del célebre Kerry King, fue algo digno de alabar. Ello, unido con un Tom Araya que se encontraba con sus pulmones en plena forma tras ciertas malas rachas pasadas con los mismos (clavó el chillido de “Angel of Death” y los gritos cabreados de “Disciple”, por nombrar un par de ejemplos) y con el hecho de que el nuevo baterista, que sustituye a Dave Lombardo tras su controvertida partida, realmente le hace justicia, se tradujo en un conciertazo en toda regla, en el cual, al igual que en Iron Maiden, predominaron en el setlist los temas más reconocidos de este grupo. Slayer sigue dado caña, y les queda mucha, siendo por ello justificada todavía su credencial como uno de los Big Four del thrash metal.

Tocaba otra visita al Valley antes de dar por terminada la velada; y no era para menos, pues nos quedaba por ver a los mismísimos Electric Wizard. El público, que ya de por sí era en esta carpa la masificación del arquetipo stoner (en otras palabras, del devoto del cannabis), se encontraba dividido entre aquellos a los que el colocón todavía duraba fuerte y activo, y aquellos que dormitaban en el césped que circundaba a la carpa. En estas circunstancias de desfase y desgaste dio comienzo la actuación de este clásico del stoner/doom de marcada influencia blacksabbathera y cannábica. El concierto constó en tan solo ocho temas, pero es que estos oscilaron entre los cinco y los veinte minutos; cabe destacar, de entre otros, su último tema “Funeralopolis”, de su disco más aclamado, Dopethrone, ya que se distinguió por un sonido más duro y agresivo, dentro de la lentitud y la psicodelia que imperó a lo largo de todo el directo. Un grupo un tanto difícil de escuchar a esas horas, debido a su densidad y la ya aludida longitud compositiva -que hizo a más de uno algo pesado el show-, y al generalizado cansancio provocado por la intensidad vivida a lo largo de toda el día; por lo demás, fue una sesión memorable, totalmente indicada para finalizar la jornada.



Texto y fotos: Rafael Aritmendi López

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